Es muy útil dividir el dinero en tres partes: gastar, ahorrar y compartir. Puedes darle a tu hijo tres huchas (o sobres). Cada semana, distribuye su paga: por ejemplo, el 50 % para pequeños gastos corrientes, el 30 % para un objetivo mayor (la hucha) y el 20 % para obras benéficas o regalos. Esto último enseña generosidad y responsabilidad social. En España, hay muchas oportunidades para hacer buenas obras: comprar comida para animales sin hogar, donar juguetes a un orfanato o ayudar a un vecino mayor con la compra. Cuando un niño ve que su pequeña contribución ayuda a alguien, deja de percibir el dinero únicamente como un medio para satisfacer sus propios deseos.
Nunca uses el dinero como castigo ni como recompensa por el comportamiento. La frase “Si no recoges tus juguetes, no recibirás tu paga” es una mala estrategia. El dinero debe ser una herramienta de aprendizaje, no un instrumento de control. Las tareas domésticas (limpiar la habitación, lavar los platos, sacar la basura) son una inversión en la vida familiar, no un trabajo remunerado. Sin embargo, por tareas adicionales y opcionales —lavar el coche, quitar las malas hierbas del jardín, ayudar a papá con las reformas de la casa— se puede pagar una cantidad simbólica. De esta forma, el niño comprenderá que el esfuerzo extra genera ingresos adicionales, pero las tareas básicas se hacen por respeto a la familia, no por dinero.
Asegúrate de involucrar a los niños en la planificación del presupuesto familiar. No en una reunión mensual con informes, sino de forma lúdica. Por ejemplo, antes de ir al supermercado, diles: “Hoy tenemos 50 euros”. Vamos a ver juntos qué compramos para la cena y el desayuno. Si gastamos menos, compraremos helado con lo que nos ahorremos. Deja que tu hijo compare precios y elija el artículo en oferta. Para los adolescentes, puedes organizar una “semana de presupuesto”: reserva un presupuesto para todos sus gastos (excepto vivienda y comida básica) y deja que lo administre él mismo. Esto es más efectivo que cualquier sermón. Al ver lo rápido que desaparece el dinero para taxis y café, un adolescente empezará a valorar tus gastos.
Y lo más importante, sé un buen ejemplo. Los niños imitan tu actitud hacia el dinero. Si te quejas constantemente de no tener suficiente dinero pero compras cosas innecesarias, tu hijo interiorizará la contradicción. Si ahorras dinero, hablas sobre los objetivos familiares (reformas, vacaciones, un regalo para la abuela) y dices “no” con calma a las compras impulsivas, los niños asimilarán este ejemplo. No les ocultes tus errores financieros de forma apropiada: “Compramos este sofá a crédito y luego pagamos intereses de más durante seis meses”. No volveremos a hacerlo. La honestidad y la franqueza, sin dramatismos, fomentan una actitud sana hacia el dinero. Y recuerda: tu objetivo no es criar a un tacaño ni a un derrochador, sino a una persona que sepa usar el dinero como herramienta para alcanzar una vida plena y feliz.
