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Crianza

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El nacimiento de un hijo es un milagro, pero a menudo supone un punto de no retorno para la identidad personal. Muchos padres en España, especialmente las madres, se quejan: “Ya no soy María, solo soy la mamá de Lucas”. Los pasatiempos, los amigos y el tiempo para uno mismo desaparecen, e incluso las relaciones de pareja se reducen a hablar de pañales y calendarios de vacunación. Esto es tan común que incluso se le ha dado un nombre: “agotamiento parental”. Pero la buena noticia es que no es inevitable. Puedes seguir siendo un padre o madre cariñoso sin olvidar que también eres una persona con tus propios deseos, intereses y necesidades. Y esto no es egoísmo, sino necesidad: un padre o madre feliz cría a un hijo feliz.

Empieza poco a poco: reserva al menos 15-20 minutos al día solo para ti. Es tiempo en el que no contestes las llamadas de tus hijos, no revises los deberes ni te preocupes por la limpieza. Date una ducha tranquila, tómate un té con un libro, escucha un podcast o simplemente siéntate con los ojos cerrados. En la cultura española, donde los lazos familiares son muy fuertes, a menudo es difícil pedir ayuda; se cree que una “verdadera madre” debe arreglárselas sola. Esto es un mito. Contar con la ayuda de tu pareja, abuelos, amigos o una niñera por horas no es vergonzoso, es inteligente. Intercambia con una vecina: tú cuidas a su hijo una hora y ella cuida al tuyo. Inscribe a tu hijo en el área de juegos del gimnasio mientras haces ejercicio. Sí, esto requiere organización, pero sin ella, te agotarás rápidamente.

Es fundamental mantener o fortalecer tu relación de pareja. Los hijos no deberían ser el único tema de conversación. Organiza una cita sin niños al menos una vez cada dos semanas. Hay muchas opciones en España: deja a tu hijo con la abuela por la noche o contrata a un adolescente de un edificio cercano. Incluso dos horas en una cafetería o en el cine, sin la preocupación de “¿y si llora?”, pueden hacer maravillas. Si no tienes con quién dejar a tu hijo, espera a que se duerma y hablen de cosas que no sean del día a día. Pregúntense: “¿Con qué sueñas? ¿Qué te alegra? ¿Qué te gustaría hacer el próximo mes?”. Recuerda, eran pareja antes de ser padres. Los niños crecerán y se irán, y te quedarás solo/a. Invierte en esta relación ahora.

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Todos los padres desean criar a un joven de 18 años que sepa cocinar, pedir cita con el médico y recordar dónde están sus llaves. Pero en la práctica, a menudo caemos en la trampa de la sobreprotección: es más fácil atarle los cordones a un niño de tres años que esperar a que lo haga en diez minutos. Es más fácil prepararle la mochila que buscar después un cuaderno olvidado. Es más fácil decidir por él quiénes deben ser sus amigos porque “sabemos más”. Y este es el resultado: un adolescente que crece con miedo a asumir responsabilidades, que se angustia ante el menor contratiempo y que espera constantemente que mamá o papá lo solucionen todo. Romper este ciclo es posible, pero requerirá superar tu propia ansiedad.

Empieza poco a poco: con tareas domésticas adecuadas para su edad. Al año, un niño puede tirar un pañal a la basura. A los dos, puede poner un plato en el fregadero y guardar los juguetes. A los tres años, ponte los calcetines y el gorro (aunque quede torcido, al menos lo habrás hecho tú). A los cuatro, ayuda a poner la mesa y a regar las flores. A los cinco, haz la cama y dale de comer al gato. A los seis, prepara la mochila para el colegio según la lista. No hagas por tu hijo cosas que ya sabe o casi sabe. Ten paciencia: sí, derramará la leche, se abrochará mal la ropa, olvidará el estuche. Pero es a través de los errores que se desarrolla la independencia. Tu papel es estar ahí y no criticar. “No pasa nada, lo haré mejor la próxima vez. Déjame enseñártelo otra vez”.

El principio clave es ampliar la responsabilidad. Transfiere gradualmente el control a tu hijo en las áreas donde puede tomar decisiones. Empieza con una elección: “¿Quieres una manzana o un plátano? ¿Un jersey azul o uno verde?”. Para un niño pequeño, esto ya es un gran paso hacia la independencia. Para un niño en edad escolar, es elegir a qué club asistir (de entre dos o tres opciones aceptables). Para un adolescente, esto incluye administrar su paga semanal, planificar el tiempo para hacer la tarea y reunirse con amigos. Es importante que las consecuencias de sus decisiones recaigan sobre él. ¿Eligió un plátano pero quería una manzana? No hay problema, espere a la próxima vez. ¿Gastó toda su paga el primer día? Nada de dulces el resto de la semana. Así se establece una relación de causa y efecto.

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Tabletas, teléfonos, portátiles, televisores… los niños de hoy crecen en un mundo donde las pantallas son omnipresentes. Muchos padres en España tienen sentimientos encontrados: por un lado, los dispositivos ayudan a entretener a los niños durante media hora mientras se prepara la cena; por otro, les preocupa que pasen demasiado tiempo frente a la pantalla. Una prohibición total es poco realista e incluso perjudicial hoy en día, ya que la alfabetización digital es tan importante como la lectura. Pero no podemos permitir que esto se descontrole. La clave está en el equilibrio. No en la cantidad de tiempo en sí, sino en lo que el niño hace con y sin la pantalla. Busquemos la manera de establecer normas saludables sin conflictos diarios.

Para los niños menores de dos años, la Organización Mundial de la Salud recomienda que no haya ningún tiempo frente a la pantalla, excepto videollamadas con la familia. El cerebro a esta edad se desarrolla a través de interacciones reales con objetos y personas, no a través de imágenes parpadeantes. Para niños de dos a cinco años, se recomienda no más de una hora diaria de contenido de calidad (programas educativos, dibujos animados sin cambios bruscos de imagen). Después de los seis años, siguen siendo necesarios límites claros, pero estos deben tener en cuenta la escuela y las tareas. Sin embargo, un simple temporizador no resolverá el problema. Es más importante que el tiempo frente a la pantalla no interfiera con el sueño, la actividad física, la interacción social y la creatividad. Si un niño duerme 10 horas, sale dos, dibuja y juega con juguetes de construcción, una hora y media frente a la tableta no es un desastre.

Uno de los mayores errores es usar un dispositivo como sedante o recompensa. “Si no te portas mal, te dejo jugar con el teléfono”: esto crea una adicción. El niño empieza a percibir la pantalla como una fuente de placer que debe obtenerse a cualquier precio. En cambio, convierta el tiempo frente a la pantalla en una rutina, no en un privilegio. Por ejemplo, 30 minutos después de volver de la escuela y antes del almuerzo. O 20 minutos por la noche después de guardar los juguetes. Las reglas deben ser claras y consistentes. Un horario visual funciona bien: cuelga un cartel en el refrigerador con círculos que marquen los horarios permitidos para ver la televisión. El niño sabe que después de ver dos episodios de dibujos animados, guarda la tableta y no hay discusión al respecto.

La calidad del contenido es más importante que la cantidad. Ver interminables videos de desempaquetado de juguetes en YouTube no es lo mismo que jugar un juego educativo o ver un documental sobre animales. España cuenta con excelentes recursos en español: Clan TV, el programa “Aprendemos en casa” y las aplicaciones de “Pocoyó” y “Peppa Pig” en ruso o español. Elige contenido interactivo que invite al niño a tomar decisiones en lugar de simplemente mirar pasivamente. Y asegúrate de ver la televisión juntos al menos parte del tiempo. Conversen: “¿Por qué hizo eso este personaje? ¿Qué harías tú?”. Esto transforma la pantalla de un simple juguete en una herramienta de aprendizaje y socialización. A los niños mayores se les pueden mostrar canales útiles: experimentos científicos, dibujo y cocina infantil.

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Todos los padres en España han vivido al menos una vez ese momento en que su hijo se desploma en el suelo en medio del supermercado y empieza a gritar como si le hubieran arrebatado algo preciado. Las miradas se agolpan a su alrededor: compasivas, críticas, burlonas. Dan ganas de desaparecer o gritar también. Pero un berrinche no es un desastre ni un signo de mala crianza. Es una etapa normal del desarrollo por la que pasan todos los niños, especialmente entre los dieciocho meses y los cuatro años. Su cerebro aún no es capaz de regular las emociones y su lenguaje no les permite verbalizar lo que sienten. Comprender esto es el primer paso para dejar de ver un berrinche como una derrota personal.

¿Por qué tienen berrinches los niños? Puede haber muchas razones: cansancio, hambre, sobreestimulación, malentendidos sobre los límites, el deseo de conseguir lo que quieren o, simplemente, la incapacidad para afrontar la decepción. Una rabieta suele ocurrir cuando un niño quiere ser independiente pero no puede. O cuando escucha un “no” al pedir un juguete. El cerebro del niño se sobrecarga y la única forma de aliviar la tensión es llorar a gritos y revolcarse por el suelo. Esto no es manipulación en el sentido que entienden los adultos. Hasta los 4 o 5 años, los niños no son capaces de manipular de forma fría; requiere habilidades cognitivas demasiado complejas. Así que no busques malicia; simplemente acepta que tu hijo se siente mal.

Lo más importante durante una rabieta es mantener la calma. Esta es la parte más difícil, especialmente en público. Pero si empiezas a gritar o a avergonzar a tu hijo, solo empeorarás las cosas. En este punto, el cerebro del niño no oye palabras; solo percibe tu tono y tus emociones. Tu calma actúa como un ancla: el niño comprende inconscientemente que el mundo no se ha acabado porque mamá o papá están cerca y no están entrando en pánico. Respira hondo, aprieta y suelta los puños. Repítete: “Esto pasará, no lo hizo a propósito, podemos con esto”. Si puedes, ponte a su altura (en cuclillas) y simplemente acompáñalo. A veces, tu sola presencia, sin palabras, puede ser tranquilizadora.

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Muchos padres en España se sienten incómodos al hablar de dinero con sus hijos. Algunos temen criar consumidores materialistas, otros temen transmitirles su ansiedad por las facturas y los préstamos. Pero la educación financiera comienza en la familia, y el silencio en este aspecto es tan perjudicial como la presión excesiva. Desde muy pequeños, los niños ven cómo pagas con tarjeta en el supermercado y escuchan fragmentos de conversaciones sobre sueldos o hipotecas. Si no les explicas cómo funciona el dinero, ellos mismos lo deducirán, a menudo de forma distorsionada, a partir de dibujos animados o conversaciones en el jardín. Por lo tanto, lo mejor es introducir el tema del dinero con calma y sin miedo, convirtiéndolo en una parte natural de la crianza.

Empieza por lo sencillo: explica de dónde viene el dinero. Los niños pequeños creen sinceramente que sus padres lo sacan mágicamente de sus carteras o teléfonos. Explícales que trabajas, inviertes tiempo y energía, y recibes una remuneración por ello. Puedes jugar a un juego: “Aquí estoy cocinando la cena; ese es mi trabajo en casa, y en el trabajo hago esto”. Para los niños mayores, muéstrales una factura de servicios o un recibo de la tienda. Deja que vean que la comida, la ropa, los juguetes, la electricidad y el agua tienen un precio. No entres en detalles alarmantes sobre las deudas, pero no ocultes que el dinero es un recurso limitado. De esta manera, tu hijo empezará a comprender por qué no le compras todo lo que pide.

Introducir la paga semanal es una de las mejores maneras de enseñar. En España, muchos padres empiezan a dar pequeñas cantidades a partir de los 6 o 7 años, cuando los niños ya saben contar. La cantidad no es importante, sino el hecho de que es su dinero personal y ellos deciden en qué gastarlo. No controles cada compra, aunque te parezca una tontería (otra figurita de plástico o caramelos baratos). Un niño debe aprender por sí mismo: comprar algo trivial y arrepentirse cuando no puede permitirse algo más deseado. Habla sobre las consecuencias, pero sin burlarte. «¿Te acuerdas de que te compraste ese coche y ahora no te alcanza para la entrada al parque acuático? Quizás la próxima vez podrías ahorrar un poco». De esta forma, a través de la experiencia personal, comprenden el valor del dinero.

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